fabian rivera escritor

Los Designios del Señor


1.

Había vagado toda la mañana por los rincones de Valparaíso, sin más posesiones que un revólver calibre 38 y una botella de aguardiente. Ambas cosas las llevaba guardadas en los bolsillos de su chaqueta. Caminaba a paso rápido, aunque sus pisadas eran descoordinadas e imprecisas. Iba jadeando y en su rostro tenía evidentes signos de locura: grandes y pronunciadas ojeras, cabello enmarañado, ojos rojos y lágrimas que no dejaban de salir en tropel. Llevaba el rostro cubierto de sangre y con su mandíbula realizaba un movimiento histérico y sin sentido, parecía un verdadero zombie.

Bajo la potente luz solar de ese 11 de febrero, avanzaba lo más rápido que podía por Avenida Errázuriz, en aquel borde costero el mar se le antojaba una mala pintura. A la luz del sol, su sombra se proyectaba larga y gigantesca sobre el cemento y al observarla, podía ser testigo de su paupérrimo andar. Su pecho se contraía en profundas inspiraciones y exhalaciones, y de vez en cuando, tenía reminiscencias que le hacían preguntarse qué estaba haciendo, qué había pasado, hacia donde iba. Pero por más que intentaba pensar nunca podía precisar con exactitud ninguna de sus preguntas, ya que se sentía como inmerso en un sueño, o para ser más exactos: en una pesadilla. Lo único que podía sentir con claridad, era la extraña y poderosa fuerza que parecía conducirle a algún punto de la ciudad porteña.

En uno de esos pequeños lapsus de realidad vivida, sin tener idea de cuánto rato llevaba haciendo esto, pensó que bien podrían haber sido horas, ya que de pronto se había sentido cansado y muy adolorido. En ese momento tuvo otro atisbo de realidad: una imagen en su memoria le hizo recordar parte de qué lo había llevado a este punto de su vida. Se detuvo y se quedó congelado por completo, sintiendo al mismo tiempo un dolor horrible a los costados del rostro y con su mano se tomó la mandíbula y trató de forzar el cierre de su boca, pero cuando lo hizo, un dolor horrible recorrió toda su cabeza. Con dificultad y casi por inercia, bebió un largo sorbo del brebaje que llevaba en el bolsillo, inclinando la cabeza hacia atrás y derramando el líquido dentro de su maltrecha boca. Luego, volvió a guardar la botella en el bolsillo de la chaqueta y siguió andando atraído por esa poderosa y misteriosa fuerza, que parecía llevarlo a rastras…

2.

En un mismo año Jonathan había sucumbido ante su mala suerte. Nunca pudo concebir las desgracias que el destino le tenía preparadas, pero en parte había intentado aceptarlas, toda la vida había sido un hombre creyente, devoto de dios.

Tenía fiel creencia de que un hombre que obra bien, recibe de dios multiplicadas las buenas acciones, y aunque también podía haber días malos, o “pruebas”, como las llamaban en su iglesia, tenía la convicción de que todas aquellas cosas siempre sucedían con un buen propósito. “Al final todo obedece a los designios del señor, y con la oración de por medio todo se soluciona” -solía decir el pastor Ricardo-, pero ahora, todo eso había quedado atrás, porque por alguna incomprensible razón, el infierno se había cernido violentamente sobre él.

Parte suya creía que aquello se había debido a su debilidad, a su inusitado, incomprensible y descontrolado miedo. Porque había sido el miedo el que lo había llevado a comprar un arma, el miedo lo había llevado a desconfiar del prójimo y de la providencia del señor, y ese mismo miedo, en sus narices se había interpuesto entre él y su fe.

- ¿Por qué pensaste que necesitaríamos un arma? -le había preguntado Laura- Esas cosas son peligrosas, no me gustan.

-Estoy demasiado tiempo fuera de la casa cuando nos tocan turnos separados, esto que hice es por tu seguridad mi amor, entiende que yo te amo y no me gustaría que no tuvieras con que defenderte en el caso de que algo malo pasara. –había dicho Jonathan con el arma en la mano mientras intentaba pasársela a Laura.

- ¡No la quiero, me pone nerviosa!

-Laura, escúchame: ¿alguna vez te he fallado, he hecho o dicho algo que te haga daño?

-No. -respondió bajando la mirada.

-Entonces te pido que confíes en mí, no tienes porqué mirarla, solo ocúltala en un lugar por si algún día llega a ser necesario que la ocupes, te prometo que será como si no existiera.
Laura se quedó callada contemplando el arma en las manos de Jonathan.

-Hazlo por mí, te lo ruego, así estaré más tranquilo cuando esté fuera de casa.

La conversación se extendió hasta que Laura terminó aceptando a regañadientes.

Una noche de insomnio, Jonathan se había quedado viendo televisión en el sofá hasta altas horas de la madrugada. Un programa de cable donde se narraban historias de violaciones, asesinatos y secuestros fue el que lo había trastornado. Cada macabra historia había sido más tétrica que la anterior, las entrevistas de las víctimas reales habían calado profundamente en él. Estuvo mirando esos programas hasta las 4 de la mañana y de pronto, se vio allí, transpirando sudor frío, temblando y sufriendo un miedo que no pensó que existía, un miedo que jamás había experimentado antes.

Como resultado de aquella noche, al día siguiente había comprado el arma. “Un hombre de fe, solo tiene a Cristo como su arma” -les había dicho el pastor Ricardo cuando Laura le contó lo que había comprado Jonathan, pero él hizo caso omiso aludiendo en su interior, a que no podría concebir su vida sin ella y además, que había sido Cristo el que le había dicho a Pedro: “Mete tu espada en la vaina”, o sea que solo le había dicho que la guardara. Resolvió que, si a Cristo le hubiese parecido impropio o pecaminoso el portar armas, se lo hubiera prohibido.

Un par de días después de haber comprado el arma, habían comenzado los terribles acontecimientos. La primera tragedia la había sufrido su perro, un hermoso weimaraner que había bautizado con el nombre de Moisés. Cuando llegó esa tarde a la casa, Moisés lo quedó mirando por unos segundos sin mover la cola y luego, de un momento a otro, elevó los ojos al cielo y se desplomó en el piso de cemento. Un derrame cerebral fulminante lo mató.

Un día de marzo, habían llegado juntos al trabajo, era una de esas semanas en las que compartían el mismo horario. Cuando llegaron a la empresa, se encontraron con el edificio en llamas. 8 años trabajando en una empresa de artículos electrónicos, él como supervisor de ventas y ella como vendedora terminaron con aquel incendio. La empresa se fue a quiebra y solo después de un largo juicio serían liquidados sus pagos.

Comenzaron a asistir con mayor devoción a la iglesia y junto a Laura oraban con ahínco, quedándose incluso después de que terminaban las reuniones, haciendo un par de oraciones extras y después como siempre, quedándose a conversar con el pastor Ricardo que, como siempre, los aconsejaba y bendecía gratamente. El pastor Ricardo era un tipo maduro de cabello canoso, delgado y fornido. Tenía la piel cenicienta y sus ojos verde agua le daban un increíble aspecto de paz.

Vigorizados comenzaron juntos a buscar trabajo, a Laura no le costó en un primer instante encontrar uno, ya que la esposa del pastor necesitaba de alguien que le cuidara al bebé mientras trabajaba en las mañanas. No era mucho el dinero, pero aquello había sido una verdadera bendición.

Jonathan en cambio buscaba y buscaba y no encontraba nada. Parecía como si no pudiera satisfacer ninguna de las expectativas en las entrevistas de trabajo a las que asistía. Cada rechazo comenzaba a producirle mayor inseguridad. Comenzó poco a poco a inquietarse, a sentirse frustrado, pero no perdía la fe, aunque en realidad se obligaba a no perderla. Pronto su rutina se convirtió en su ritual: se levantaba temprano, se duchaba y bebía café, luego se vestía con su mejor traje, oraba, salía y tomaba el bus hacia Viña del Mar, donde repartiría currículums en distintas empresas. Estaba desesperado, ya que el dinero que ganaba Laura apenas si alcanzaba para cubrir la alimentación y pronto debieron empezar a vender cosas del hogar.

-Deberías poner a la venta el revólver, -le dijo Laura un día- nunca nos ha pasado nada acá, ¿por qué iba a pasarnos algo justo ahora?, vamos, vendámoslo, necesitamos el dinero.

Jonathan se rehusó, no podía por ningún motivo correr el riesgo. ¿Necesitar un arma y no tenerla a mano?, sería como suicidarse y ¿no era acaso el suicidio un pecado? Además, todos los días la dejaba sola en casa mientras salía a buscar trabajo, era cosa de tiempo para que algún delincuente se percatara de que su hermosa mujer indefensa se quedaba allí, sin más compañía que la de un lactante.

Un miércoles mientras realizaba su actividad diaria, recibió un llamado de su madre, diciéndole que no se sentía bien, que necesitaba que la llevara urgente al médico al día siguiente, pero cuando Jonathan llegó a buscarla, la encontró tirada en el piso, muerta, con una terrible expresión de dolor en el rostro y con ambas manos apretándose la garganta. Un infarto se la había llevado.

Además del dolor que le produjo el perder a su madre, su funeral lo dejó sin lo poco y nada de dinero que tenía, era hijo único y por ello debió correr con todos los gastos.

Aquello lo dejó sumido en una profunda tristeza, y estaba ya a punto de perder las esperanzas cuando un día de septiembre llegó a casa y se encontró con el pastor y su esposa compartiendo un café, el motivo de la visita había sido una verdadera bendición. Les contó que uno de los hermanos de la congregación tenía una empresa de transportes y encomiendas, y necesitaban a alguien urgente. –“Es cosa que vayas y tendrás el trabajo, ya está todo arreglado” -le dijo.

La mañana siguiente despertó sin la ayuda de la alarma del reloj, en realidad, en ningún momento se había quedado dormido, estaba tan emocionado que había sido incapaz de conciliar el sueño. Antes de dirigirse a tomar el bus, se dirigió al dormitorio y besó a su esposa que aún dormía. Se quedó allí por unos segundos contemplándola, era lo mejor que le había pasado en la vida.

Como bien había asegurado el pastor Ricardo, Jonathan consiguió el empleo. Un martes empezó a trabajar y de ahí su vida tomó un rumbo maravilloso, todo había comenzado a ser miel sobre hojuelas.
Realizaba su labor con mucho entusiasmo, todas las mañanas llevando las encomiendas a los distintos domicilios, feliz de haber emprendido de nuevo. Al poco tiempo hizo nuevas amistades y un par de meses después recibió un aumento de sueldo por su gran labor. Era evidente que todo había vuelto a la normalidad y su situación no paró mejorar, ya que poco antes de su cumpleaños Laura lo sorprendió con una noticia: estaba embarazada.

Una mañana mientras repartía encomiendas comenzó a pensar en “el arma”, hacía tanto que no pensaba en ella que el saber que la poseía le causó verdadera sorpresa. Lamento profundamente haberla comprado, se sintió un estúpido y en ese mismo momento decidió deshacerse de ella. Sí, había sido una estúpida decisión el comprarla, Dios una vez más le había demostrado que estaba allí para él y para Laura y que nunca los abandonaría.