Un poderoso sentimiento de culpa invadió todo su ser, tanto, que abruptamente en medio de su jornada laboral se desvió hacia su casa en busca del arma.

Una vez que llegó, imaginó a Moisés abalanzarse sobre él, pero a pesar de que la imagen de su perro seguía siendo real cada vez que llegaba a casa, otra vez comprendió que no era nada más que un espejismo, resultado de la costumbre de haberlo visto tantos años allí.

- ¿Laura? -gritó-, ¿dónde estás? –preguntó inmediatamente al entrar a la casa.
La sala de estar permanecía como siempre, un par de tazas de café vacías se encontraban sobre la mesa, y un poco más allá el bebé que tenía a cargo Laura jugaba desde su mecedora con un móvil que tenía figuras de animales. Con sus manos regordetas el bebé no dejaba de tironear una jirafa mientras chupaba enérgico su chupete.

- ¿Laura?

En ese momento escuchó desde el dormitorio una serie de golpeteos, como si una serie de objetos hubiesen caído de lleno en el piso. Se dirigió hacia allí presuroso y la imagen que vio al abrir la puerta simplemente lo enloqueció, un segundo, un solo segundo bastó para que cruzara ese límite que radica entre la cordura y la locura. Con paso vacilante se introdujo en el dormitorio. En un rincón estaba el pastor Ricardo a medio vestir, dándole la espalda y abotonándose una camisa azul italiana. Encima de la cama Laura estaba arrinconada cubierta hasta el cuello con la ropa de cama, mirándolo con una absoluta expresión de horror e incredulidad, tenía el cabello húmedo y llevaba los labios rojos, pero tenía el labial todo corrido.

El dormitorio olía a sexo. Jonathan miró el piso y se dio cuenta de que uno de los veladores se había dado vuelta dejando desparramados una serie de objetos: un par de cremas para el rostro, el reloj despertador, un desatornillador de paleta y un estuche de maquillajes. Por una incomprensible razón recogió todas las cosas y volvió a dejarlas en su lugar.
En tanto el pastor se calzó los zapatos aún de espaldas, y luego volviéndose hacia él dijo:

-Lo siento mucho Jonathan, ojalá pueda Dios darte la fuerza para perdonarnos algún día. -dijo con su boca toda roja manchada por el lápiz labial de Laura, tenía los mismos ojos verde agua y su voz aún seguía siendo placentera y cautivadora.

Laura observaba la escena con los ojos muy abiertos, había comenzado a temblar y a llorar descontroladamente.

El pastor salió de la habitación caminando por al lado de Jonathan, impregnando su nariz de su aroma sudoroso. Jonathan sintió aquellos pasos del pastor como en cámara lenta y de pronto sintió como si su cuerpo actuara por sí solo. Tomó en su mano el destornillador que recién había guardado en el velador y fue tras el pastor. Los pasos de Jonathan lo alarmaron y este corrió hacia la puerta, pero cuando agarró el pomo, Jonathan apareció en su espalda.

Al sentirlo detrás de él como por un acto de inercia, el pastor se dio media vuelta y se sobrepuso propinándole un fuerte golpe de puño de lleno en el mentón. Jonathan cayó en el piso con la mandíbula desencajada. El pastor se dio media vuelta y de nuevo quiso salir, pero Jonathan se incorporó rápidamente, y con el desatornillador lo embistió propinándole una serie incontable de puñaladas.

Forcejearon un rato hasta que el pastor se desplomó de espaldas en el piso y un gran charco de sangre comenzó a formarse bajo su cuerpo inerte. Jonathan se quedó observando el cadáver, había muerto con los ojos abiertos y parecía como si lo mirara. En ese mismo momento sintió un estruendoso sonido desde el dormitorio, una explosión, un disparo. El bebé dio un estridente grito y comenzó a llorar desesperado debido al miedo que le había producido la explosión. Se dirigió desorientado hacia el dormitorio y cuando entró, vio a su esposa sentada en el respaldo de la cama, con la cabeza gacha, el arma aún en su mano y en la blanca pared, los restos de su cerebro esparcidos.

- ¡Qué hiciste mi amor! ¡nooooo! ¡Por favor dios mío que esto no sea verdad!

La observó por muchos minutos llorando, sintiendo el gran vacío que empezaba a producirse en su corazón, el dolor más grande que hubiera sentido jamás. Se quedó por horas bebiendo aguardiente al lado de Laura mientras escuchaba al bebé llorar incesantemente desde la sala de estar. Una vez que éste se hubo callado, en medio del silencio sintió una especie de arcada y unas ganas irresistibles de salir de allí. Se guardó el arma en el bolsillo de la chaqueta y salió de la habitación. Al llegar a la sala de estar vio en el suelo al pastor que desde la muerte parecía seguir observándolo, Jonathan recogió el destornillador del piso y le reventó los ojos clavándolo en sus cuencas una y otra vez, y cuando levantó la mirada, divisó al bebé que aún descansaba en la mecedora y ahora calladito con sus ojos llorosos, había sido testigo de la macabra escena. De pronto, al topar su mirada con la del bebé éste emitió una gran carcajada dejando a la vista un pequeño y solitario par de incisivos. De pronto Jonathan volvió a sentir un impulso: salir de allí, correr, correr hacia el norte. Salió de casa sin siquiera cerrar la puerta y tomó rumbo a donde fuera que lo llevara aquella extraña fuerza…

3.

Seguía andando como zombie bajo la potente luz solar de esa tarde, con los ojos llorosos y la mandíbula suelta. De pronto alguien que lo reconoció se le acercó.

-Jonathan, ¡Jonathan! ¿Hermano eres tú? -le preguntó un muchacho moreno que llevaba un maletín-
¿Qué te pasó, les ocurrió un accidente? ¿Dónde está Laura?

Un grupo de mirones comenzó a rodear la escena. Aparecían curiosos desde todos lados. El muchacho lo tenía agarrado del brazo y Jonathan que se había detenido lo había quedado mirando con una expresión desorientada. Seguía llorando y moviendo su mandíbula. En el interior de su boca solo se podía ver su lengua que parecía un gusano retorciéndose, de pronto, profirió un estruendoso sonido gutural que puso los pelos de punta a todos los presentes.

-Aaaarrrhhhggggggggg -gritó y empujó violentamente al muchacho que intentaba ayudarlo.

El joven cayó de espaldas al suelo y su maletín se abrió con el golpe desparramando una serie de documentos. Jonathan había retomado su extraño y lúgubre andar por avenida Errázuriz, pero el muchacho tendido en el suelo no se dio por vencido, se incorporó y corrió hacia él y lo volvió a tomar del brazo, pero ahora con más fuerza y girándolo para que lo mirara.

- ¡Jonathan amigo!, ¡soy yo, Alex!, de la iglesia del pastor Ricardo, recuérdame amigo, ¡solo quiero ayudarte!

De pronto, el muchacho hizo uso de toda su fuerza y lo derrumbó en el suelo. Jonathan desde el piso movía los brazos y las piernas, como un insecto que se ha dado vuelta y que no puede ponerse en pie.

-Amigo, quiero ayudarte, déjame ayudarte. Dime, ¿Laura está bien? ¿Han tenido un accidente?

Jonathan seguía retorciéndose debajo de él, estaba desesperado porque la fuerza que lo atraía era cada vez más potente.

-Respóndeme Jonathan, ¡despierta! -le gritó y después le propinó una tímida bofetada- ¿Qué les ha pasado?

La respuesta fue un sórdido quejido gutural, como un animal sufriendo en la carretera luego de ser atropellado. Su pecho se agitaba y sus jadeos eran insoportables. Alex no se dio cuenta cuando Jonathan sacó el revólver del bolsillo y le disparó. Solo sintió en un mismo segundo un fuerte estallido, olor a pólvora y después un fuego en el estómago que le hizo perder la fuerza.

Varios gritos se escucharon y mucha de la gente que estaba rodeándolos escaparon gritando. Jonathan logró incorporarse y con el arma en mano, siguió avanzando hacia su destino. A pesar de la ayuda que recibió Alex se desangró y a los pocos minutos murió.

Caminó y caminó lo más rápido que pudo, y con el arma en la mano nadie más se le había acercado y de pronto, ya había llegado al lugar, podía sentirlo en su interior. Aquella fuerza misteriosa que lo arrastraba lo había conducido directamente hacia allí. Dejó caer el arma, y se acercó a tocar los restos de un gran peñón, que alguna vez había sido llamada la Piedra Feliz antes de que la dinamitaran. Aún podía sentir esa magia, ese consuelo. Abrazó los restos del peñón y puso su mejilla en la fría roca manchándola con su sangre. El sonido de vehículos policiales acercándose no se hizo esperar y de pronto resonaban por todo Valparaíso.

La policía estaba cada vez más cerca. Las sirenas resonaban y un montón de gente estaba parapetada en donde quiera que encontrara resguardo. La imagen tétrica de Jonathan ahora abrazando esa gigantesca roca tenía temblando a los espectadores. Jonathan se acercó al acantilado y miró bajo lo que quedaba de la Piedra Feliz, el mar ondeaba por el fuerte viento y debajo cientos de espantosos brazos negros y verdes se movían como llamándolo, como queriendo atraparlo.
Una patrulla policial se estacionó cerca de él.

- ¡Arriba las manos! -gritó uno de los policías al llegar al lugar apuntándolo con su arma de servicio.
Jonathan ni siquiera lo miró, se lanzó del precipicio y en pocos segundos cayó violentamente, desnucándose y muriendo al instante. 

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